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AFP’s: un iglú en Cancún

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Los economistas “científicos” insisten majaderamente en que su disciplina se caracteriza por la rigurosidad en el manejo cuantitativo de los datos y que tal rigor da lugar a un realismo a toda prueba. Y apoyados en esa mirada “científica”, numerosos economistas han salido en pública, aguerrida y “objetiva” defensa de la “industria” de los fondos de pensiones.

El argumento de apoyo a las AFP’s que más me ha llamado la atención, sostiene la conveniencia del sistema porque de por sí es un excelente método de recaudación y, en último término, de inversión para la vejez. El único detallito —una cosa muy muy, pero muy menor por supuesto— son los bajísimos sueldos pagados en Chile. O sea, profesionales inteligentes y realistas defienden a brazo partido un sistema que, a todas luces, no debería haberse aplicado en nuestro contexto. Pues, hasta ellos son capaces de darse cuenta de que no es adecuado para nuestra miserable realidad salarial.[1]

De tal modo, se puede decir que las AFP’s son una especie de iglú en Cancún, donde la temperatura más baja al año bordea los 20º. Por mucho que el arquitecto inuit (los “esquimales” no existen) te diga que el hielo es un material abundante y que los iglús son una inmejorable construcción que en el Ártico funciona a las mil maravillas... Bueno, Ud. querido lector podrá sumar ejemplos absurdos hasta el infinito, aunque no tenga un doctorado en Economía.

Sin embargo, aunque parece de perogrullo que las AFP’s no corresponden a nuestro contexto, se puede encontrar una base “científica” para apoyar tan particular realismo. Ello se puede ejemplificar con Sergio de Castro (Chicago boy, ministro de Hacienda de la dictadura y ex decano de la Escuela de Economía de la Universidad Católica), quien señalaba a sus estudiantes: “cuando la teoría [económica] y la práctica [léase: los grupos humanos] están en desacuerdo, quiere decir que la práctica está mal”. Sí, en serio, leyó bien. No se ría ni se extrañe. ¡Así de buenos son los modelos neoliberales!

Entonces, obviamente la culpa la tienen los trabajadores por ser tan ineficientes y, en consecuencia, ganar tan poco. ¡Produzcan más flojos! No me salgan con esas leseras comunistas de la explotación o las diferencias de poder al negociar. Por si Ud. no lo sabía los salarios son de mercado, se ajustan automáticamente. Y si no lo sabía, estudie pues. Para eso es esta maravillosa ciencia de modelos de la realidad universales y más perfectos que la propia realidad.[2]

No hay que ser un genio para entender dónde está la pana de los abogados del Mercedes Benz de nuestro gran y querido amigo Pepe. Sin embargo, además del ciego dogmatismo, no es posible obviar los intereses que están en juego y que asimismo se relacionan a la mirada económica ortodoxa… tan amiga de los ricos.

Las AFP’s, en realidad el dinero ahorrado por todos los trabajadores chilenos para pensionarse, son la bencina del mentado Mercedes Benz. Un combustible abundante y muy barato que está a disposición plena de los grandes grupos económicos. Como escribiera Hernán Büchi --subsecretario de Salud, director de ODEPLAN, superintendente de Bancos y ministro de Hacienda de la dictadura--, la reforma de pensiones de Pinochet “creaba un mercado privado de capitales de proporciones”. Y no se trata de que ex colaborador de la dictadura sea un iluminado, así fue pensado el sistema como lo señala el amigo Pepe, su propio creador, para quien ese gran mercado de capitales sirvió para llevar adelante las privatizaciones en dictadura… ¡Una jugada maestra!:

“Un aporte de especial trascendencia fue que [el sistema de AFP’s] creó un enorme poder comprador que contribuyó a la privatización de las empresas mal llamadas ‘estratégicas’ [sic] (la energía, los teléfonos, las comunicaciones de larga distancia, etc.). En una deliberada secuencia virtuosa, primero se crearon los fondos de pensiones, y después ellos fueron importantes compradores de las acciones de estas empresas cuando se licitaron”[3]

El punto es que los economistas “científicos” no ven ningún problema en que un sistema de seguridad social que debería dar pensiones se transforme en otra cosa: un negociado para financiar a grupos económicos. Si es un buen negocio, es bueno en sí; el resto es moralina o populismo. No hay problemas éticos en disponer del dinero de los chilenos para enriquecer todavía más a unos pocos que ya tienen muchísimo dinero. Tampoco hay reparos en cuanto a que el excesivo poder económico se convierte en poder político. En el mundo paralelo de los ortodoxos el verdadero punto es sencillamente técnico.

Ahora bien, esa ceguera economicista tampoco ve otros asuntillos. Por ejemplo, que se supone que el capitalismo se basa en el riesgo y que por ley las AFP’s tienen millones de clientes cautivos; los cuales, para peor, son quienes pierden su dinero si las compañías hacen una mala gestión (caso en el cual siguen cobrando su comisión y además el Estado se hace cargo del “pilar solidario”). ¡Negocio redondo![4] Entonces, ¿de qué riesgo me hablan? ¿Dónde están esos míticos emprendedores del liberalismo que asumen dificultades para desarrollar sus ideas, sus empresas? Por otro lado, también es un punto ciego el tema de las “comisiones fantasmas”: ¿podría un verdadero liberal y un verdadero economista neoclásico aceptar que se esconda un cobro a un cliente? ¡Clientes que el 2015 pagaron sin saberlo más de $ 271 mil millones (unos US$ 422 millones)!

Sobre esos asuntos los economistas “científicos” callan. Para qué exagerar con el rigor y el realismo, ¿no? ¿Y para qué hablar de ética? Si esa leserita no es una cuestión económica.[5]

Finalmente, la rabiosa defensa que economistas “científicos” hacen de las AFP’s, responde a un motivo ideológico… ¡Era que no! El sistema representa una forma de concebir el mundo, un utópico mundo de maximización individualista que se ajusta o equilibra automáticamente. Perspectiva que asume al individualismo como normal, pero por sobre todo como un canon ético superior y correcto. La supuesta neutralidad del mercado, donde las personas egoístas compiten por los recursos, no alcanza para encubrir esa catedral ideológica. Tampoco alcanza para disimular el miedo a perder ese manantial de plata dulce que son los ahorros de los chilenos para su vejez.

Así las cosas, entre dogmatismo economicista y los oscuros intereses lucrativos, deberemos seguir invirtiendo por ley nuestro dinero en esos fantásticos iglús de Cancún. Quédese tranquilo, se lo recomiendan “científicos” rigurosos y realistas. Recuerde: todo es perfectible.



[1] Obviamente, es implícito que el sistema está diseñado para quienes sí ganan buenos salarios. Pero, ese pequeño detalle sociopolítico es una cuestión ajena al riguroso corpus de la “ciencia económica”.

[2] Otro argumento universalista pro capitalización individual señala que, dada la naturaleza humana, las personas son egoístas y no quieren su dinero en un fondo común solidario. Sin embargo, esa creencia implica la más absoluta ignorancia histórica, antropológica, psicológica, sociológica e incluso económica y puede llevarlo a afirmar públicamente, como Felipe Morandé, doctor en Economía por la Universidad de Minnesota, que el lucro es una tendencia inherente a la humanidad… ¡igual que el deseo sexual! (http://impresa.lasegunda.com/2016/08/24/A/fullpage#slider-16).

[3] La cita de Büchi es de La transformación económica de Chile. Del estatismo a la libertad económica. Editorial Norma, Bogotá, 1993. La cita de Piñera es de El cascabel al gato, Editorial Zig-Zag, Santiago, 1995.

[4] Directores, gerentes y altos ejecutivos de las AFP’s, específicamente 266 personas, recibieron el 2015 $ 20.560.066.995 (http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2016/07/22/las-redes-politicas-tras-los-nombres-clave-en-el-millonario-negocio-de-las-afps/). Mientras las AFP’s como empresas “ganan casi cinco veces más de lo que rentan los fondos de pensiones que gestionan”, es decir, unos US$ 770.000 millones (http://www.elmostrador.cl/mercados/destacados-mercado/2012/03/17/afp/).

[5] Respecto a la ética, se puede recurrir al caso del economista Klaus Schmidt-Hebbel, quien apoyó públicamente el sistema como académico de la Universidad Católica… ¡sin explicitar que era director de una AFP! Y le cuento un chiste: es miembro de la Asamblea de la ONG Chile Transparente (http://www.chiletransparente.cl/klaus-schmidt-hebbel/).

23/04/2018 11:14 andrés monares #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Un cuento humanista

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La tensión estaba por estallar en Alejandría, se podía oler en el aire. Hace ya tiempo que un pequeño grupo de cristianos venían vociferando por terminar con la Academia de la ciudad y su biblioteca: la sabiduría pagana estaba contra la religión, decían. Para ellos las cosas eran sencillas: la fe y los dogmas dan lugar a obras. No hacía falta nada más. Menos la palabrería pagana, inútil, oscura, intrincada y exageradamente sutil.

Tal como siglos más tarde emergería un oscurantismo cientificista y tecnocrático poseedor de verdades indiscutibles, en la antigua Alejandría esa pobre visión del cristianismo haría lo que fuera por imponerse. Y lo hizo.

No eran muchos aquellos cristianos recalcitrantes, pero tenían el poder suficiente para amedrentar a la Academia, ponerles el pie encima y hacer que se cumpliera su afiebrada voluntad. Todos sabían en la ciudad que eso bastaba… menos los propios académicos.

Y a pesar de que la suerte estaba echada, los académicos estaban dispuestos a dar la cara y pelear. Una contienda al modo que ellos la entendían eso sí. Se reunieron una y mil veces fraguando estrategias, discutiendo posibilidades y argumentos retóricos para salvar las luces de la razón de la oscuridad y violencia de la ignorancia. Finalmente, eligieron el campo de batalla y sus armas: organizarían un gran debate y escribirían un discurso en prosa… Se aclara esto último, pues el debate acerca de si el discurso debía ser en prosa o en algún tipo de hermosa métrica fue larga y, en no pocos momentos, muy acalorada.

De tal modo, llegó el día del gran debate en el patio de la biblioteca de la Academia de Alejandría. Se había decidido, no sin dificultad y días de profundas reflexiones e intercambio de ideas, que la lectura del discurso antecedería a la discusión entre dos respetables maestros de la Academia designados para tal efecto y los dos líderes del grupo de aguerridos cristianos.

El patio de la Biblioteca estaba impecable, con taburetes dispuestos en semicírculo. Los dos respetables maestros figuraban gallardos sentados adelante, de cara al público, y en frente, en las bancas, los profesores y estudiantes figuraban en orden de jerarquía. Tal seleccionado público miraba orgulloso a sus campeones, a la par que confiados en el peso de los argumentos de aquellos dos sabios hábilmente esgrimirían. Todos conocían cómo aquellos maestros mezclaban la sutileza y la belleza en sus alocuciones. Así defendidos, ¿qué podía pasarles? Nadie dudaba de la segura derrota de los rústicos cristianos.

Sin embargo, llegó la hora indicada y los contendores no aparecían. Hubo confusión y no pocos asumieron que los adversarios habían optado por evitarse la segura humillación.

Cuando el tiempo mostró claramente que los defensores de esa oscura y simplona interpretación de la religión no llegarían, un murmullo que iba en aumento interrumpió los abrazos y las felicitaciones entre maestros y estudiantes… Se detuvieron, callaron y aguzaron el oído.

Mas, no alcanzaron a identificar del todo el vocerío, cuando se abrieron de golpe las puertas de la Academia y entraron decenas de cristianos. Venían envalentonados, algunos enfurecidos… y cayeron de inmediato a golpes sobre académicos y jóvenes alumnos. La paliza fue de antología como podrá suponerse, faltaría poesía para poder describirla como se merece. Hombres fuertes, enojados, armados de palos y teas machacando en el suelo a dignísimos portadores de diversos y excelsos conocimientos. La tragedia daba pábulo a la comedia: entre el ruido de los golpes y los alaridos de dolor, se dejaron oír por varios minutos argumentos sutilísimos a favor de las diversas expresiones de la sabiduría, la bondad y la belleza, contra la violencia o explicando la conveniencia de la vida pacífica… Mas, se fueron apagando a medida que el dolor ganaba al discurso académico.

Los palos hicieron lo suyo en los hombres. Las teas por su parte dieron cuenta de los papiros y documentos. Todos ya lo suponían en la ciudad, la suerte siempre había estado echada. No hubo sorpresas ni tampoco remordimiento. Se sabía que el triunfo de los hombres de acción iba a ser total… y lo fue.

El resto de los habitantes de la gran Alejandría vieron a lo lejos la magnífica pira. Incluso, los buenos y pacíficos cristianos, pues claro está que no todos los creyentes estaban por sumir a la ciudad en la dogmática oscuridad de la acción irreflexiva. No obstante, esa mayoría aguardó impávida el desenlace esperado de aquella desigual contienda. No eran malvados ni nada parecido, sólo estaban ensimismados en la cotidianidad de sus vidas o asumían un final que nada ni nadie hubiera podido cambiar… salvo ellos mismos, pero nunca se lo plantearon.

Cuando se iban apagando las lamentaciones y el rumor de las últimas llamas, me desperté sobresaltado. ¡Era tardísimo! Corrí a la ducha, al punto de ni percatarme del leve olor a quemado que aún se dejaba sentir en la habitación.

Mientras me jabonaba, no dejaba de sonreír por las ridículas ocurrencias de aquellos inocentes humanistas: organizar un debate y escribir panfletos con argumentaciones para detener a las hordas de bárbaros cristianos, a los hombres de acción. ¡Lo que faltaba es que alguno escribiera un relato breve!

Salí como una tromba a la calle, pues no quería llegar tarde a dar mi clase humanista a los futuros ingenieros y científicos.

27/04/2018 15:19 andrés monares #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

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