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Cine veraniego: "Guerra mundial Z"

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El verano es buena época para aquel cine en el cual uno no gastaría dinero para ir a una sala en el año. O sea, para el cine malo. Y muy bien si la película en cuestión puede ser vista en DVD… y si el disco es prestado y no comprado, todavía mejor.

Esta vez le tocó a "Guerra mundial Z" (Marc Forster, 2013): harta acción, balazos y muerte con zombis mucho más ágiles de lo que la propia industria cultural nos tiene acostumbrados… atrás quedó ese paso cansino, que no obstante a veces sacar de quicio por su lentitud, les bastaba a los muertos vivientes para alcanzar y dar cuenta de las víctimas. Tampoco podían faltar las clásicas falencias de guión del cine comercial gringo: una solución simple racionalmente incierta y con un audaz héroe solitario que eleva subliminalmente hasta los cielos el ideal de individualismo estadounidense.

Pero, hay un par de cosillas dignas de mencionar. Primero, la película muestra al muro construido por Israel para seguir anexándose ilegalmente tierras palestinas y para “batustanizar” (además de amedrentar y hostigar) a las comunidades palestinas[1], como una positiva medida que el Estado Judío de Israel tomó ante algunos indicios de la pandemia zombi.

Respecto a dicho muro hay que recordar una cuestión no menor: la propia ONU condenó en 2003 su construcción[2]  y la Corte Internacional de Justicia ordenó en 2004 derribar el muro y compensar a las comunidades afectadas. Dicha muralla de apartheid es legitimada por Israel con su eterna justificación: “seguridad”… por más que la supuesta “inseguridad” se derive de su propia política sistemática de violenta expansión y ocupación.

El mentado muro es en sí una delicada situación de violación de los DDHH, que responde a una larga “tradición” de violaciones de los DDHH de los palestinos por parte de Israel. De donde sacarla a colación como una cuestión positiva y esconder la verdadera razón de existencia de la condenable y condenada muralla, parece inconcebible cuando no inmoral. De hecho, es una acción abiertamente propagandística que deja a la película en la vereda de la activa complicidad.

Desde la perspectiva de los DDHH: ¿alguien podría imaginarse una película donde el Muro de Berlín o el apartheid sudafricano fueran explícitamente mostrados al público cual oportunas medidas para detener una pandemia por parte del partido comunista de la ex RDA o del racista gobierno afrikaaner respectivamente? ¿Se hubiera permitido tal ligereza para tratar un grave asunto de atropellos a los DDHH? Es más, si una película expusiera positivamente violaciones a los DDHH en otro caso, ¿sería posible esperar que ello fuera aceptado por la industria cinematográfica, los medios y la sociedad civil estadounidense? Las protestas y declaraciones de denuncia se multiplicarían, y de seguro más de alguna acción judicial. Y, claramente, en cualquier caso que una película incluyera a Israel o a los judíos, la respuesta a nuestra última pregunta con mayor razón sería un no rotundo.

Reacción que no sólo se podría esperar de la simple decencia ciudadana, sino por el poderoso lobby judío en Washington y porque la industria cinematográfica hollywoodense, por así decirlo, es territorio de influencias e intereses judíos (por ejemplo, conocido es el caso de la numerosa presencia de productores judíos; y, por ende, de los capitales que los respaldan). Además, hay que considerar la apasionada solidaridad estadounidense para con Israel a nivel gubernamental, de los fundamentalistas cristiano-evangélicos y de la opinión pública general de la Unión. Solidaridad fundada en la ignorancia de la criminal política israelí o, peor aún, con pleno conocimiento de ella.

Para ir terminando, dos cuestiones más sobre la película y que no le van en zaga a lo del muro.

Por una parte, se muestra a Israel aceptando solidariamente la entrada de “gentiles” (no judíos étnicos y/o religiosos) a la zona segura que permitía el muro… ¡incluso aceptan a palestinos! Lo cual no cuadra ni con su política de segregación, ni con la visión del Gran Israel, ni con la calidad de elegidos de su dios, ni con la supuesta superioridad racial del pueblo judío que, como no pocos israelíes, afirmaba el ex primer ministro y ultraderechista Menachem Begin (¡premio nobel de la paz!).

El broche de oro de la situación lo muestra la película cuando los palestinos (o tal vez árabes en general) comienzan a cantar (mi impericia idiomática me impide saber qué cantan) y distraen a los efectivos del ejército más moral del mundo. Ello permite la entrada de los zombis a Jerusalén y el comienzo del fin de ese oasis de paz anteriormente sin zombis, gracias a la pericia de los servicios de inteligencia israelíes y al bendito muro que mantuvo “apartados” a los contagiados por la plaga zombi.

Vaya con estos palestinos… ¡son un torpe estorbo incluso para las guerras mundiales zombis! El público ya tendrá su opinión de cómo hicieron estériles los dignos esfuerzos israelíes por construir un muro salvador de vidas.



[1] Con "batustanizar" se hace referencia a los territorios ocupados en Palestina donde Israel ha seguido una política similar al apartheid sudafricano, por la cual se encerraba a la población negra en pequeños territorios autoadministrados, pero sometidos a la autoridad del gobierno blanco.

[2] La condena fue rotunda: 144 votos contra 4. Siendo estos últimos, extrañamente, los de Estados Unidos e Israel… más Micronesia e Islas Marshall, de los cuales se explica su voto a favor del muro por su larga y conocida tradición albañileril.

 

03/02/2014 12:32 andrés monares #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Tincada versus realidad

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Según el último Informe del Centro de Microdatos de la Universidad de Chile sobre el empleo en el Gran Santiago, “Sólo el 20% de los ocupados tiene ingresos sobre los $ 570 mil al mes”. En tal sentido, dicho Centro afirma que “La distribución de ingresos laborales totales se han mantenido altamente desigual en los últimos dos años”.[1]

¿Cuál novedad dirá Ud.? Claramente, ninguna. La desigualdad está instalada no sólo en la Región Metropolitana, sino en todo el país; y no hace dos años, campea hace décadas. No lo dice este humilde columnista, quien para Ud. puede ser un simple fanático antisistema o un anónimo amargado siempre presto a ver el vaso medio vacío en un contexto de innumerables logros. Los resultados de nuestra situación estructural de desigualdad la afirman investigaciones del Banco Mundial, la OCDE y hasta los periódicos estudios de la Dirección del Trabajo (bajo las administraciones de la Concertación y este gobierno)… Y algo me dice que en tales instituciones no han de trabajar muchos fanáticos antisistema. Muy por el contrario.

Así las cosas, me quiero referir aquí a quienes no ven esos datos ni menos el verdadero país en el cual viven. Una porfiada ceguera mantenida a pesar de las indesmentibles cifras y de la realidad que está ahí para quien la quiera considerar.

Para esas personas que, parafraseando al economista John Kenneth Galbraith, podemos llamar “satisfechas” con el sistema socioeconómico imperante, sin duda Chile es la “copia feliz del Edén”. Su propia realidad la han transformado en la prueba indesmentible de la situación general del país. El vaso ni siquiera estaría medio lleno, está rebasado y chorreando cual catarata de Iguazú.

Muchos de quienes pertenecen al 4 % de los salarios más altos de Chile y desarrollan la mayor parte de su vida junto a otras personas pertenecientes a ese 4 %, asumen que el restante 96 % de sus connacionales tienen un estándar de vida similar al suyo. Gran parte de esa inmensa mayoría gozaría, efectivamente en su opinión, de las ventajas materiales del sistema: acceso a salud y alimentación de calidad, bienes raíces propios en “buenos” barrios, acceso a la cultura y el ocio, cómodos autos, vacaciones dentro y fuera del país, ropa “de marca”, buenos colegios y universidades para sus hijos, etc.

El problema, y juro que no quiero ser aguafiestas ni echar pelos en la leche, es que para pertenecer a esa “élite”, Ud. debe recibir un sueldo de algo más de $ 2 millones. Sí, así de rasca es la cima de ingresos salariales de este “exitoso” país. Por lo cual se entiende que quienes gozan del modelo a plenitud, son todavía menos personas… Sí, ¡menos del 4 %![2]

Si alguien ignora esas cifras públicas y además publicitadas en los medios (aparte, se insiste de nuevo, de que se reflejan en la realidad a simple vista), es un ignorante o le importan un comino los demás. Ante esas opciones, la primera nos puede dejar tranquilos: es cosa de leer o preguntar; mas en el segundo caso, no hay mucho qué hacer… sinceramente, no me gustaría ser su amigo o subordinado. Y no se trata de superioridad moral, solo de que la vida en sociedad requiere un mínimo de interés y cooperación con los demás. Nótese que ni siquiera digo solidaridad.

Entonces, en cuanto a sacar conclusiones generales a partir de unos pocos casos, de menos del 4 % del universo y entre los que para más encima se encuentra uno mismo, podemos recurrir a René Descartes. Este filósofo francés decía que “El sentido común es el menos común de los sentidos”. Lo cual puede usarse para hacer referencia a individuos que generalizan a partir de inducciones de su propia y limitada experiencia, creyendo tan evidentes sus falaces conclusiones que terminan pretendiendo que son cuestiones de sentido común.

Ante esos sabios de sobremesa que inducen y concluyen con una liviandad vergonzosa, uno agradece estar acosado por esa espada de Damocles del pudor... o la neurosis dirán otros. Ella nos impulsa a informarnos y a comparar la teoría con la realidad, para reacomodar nuestras ideas frente a los porfiados hechos. Es de sentido común, ¿no es así señor Descartes?

Siempre habrá personas que, escudadas tras un firme y hasta sincero convencimiento respecto de su objetividad o ecuanimidad, desde su autoasumida superioridad moral e intelectual denostarán a los que tienen por fanáticos. ¿Y quiénes son estos extremistas delirantes?: los que sostienen firmemente creencias contrarias a las que ellos sostienen firmemente.

Sin duda prefiero a los supuestos fanáticos que se informan, manejan datos y realizan inducciones de buena calidad. Pueden llegar a ser aburridos con sus datos y citas, pero al menos tienen una genuina preocupación social y la respaldan con algo más que mero voluntarismo. Ellos son la otra cara de la moneda de quienes alaban el sistema… simplemente porque les tocaron los mejores asientos del show.



[2] Para estas cifras y porcentajes se ha recurrido a la Séptima Encuesta Laboral de la Dirección del Trabajo: http://www.dt.gob.cl/documentacion/1612/articles-101347_recurso_1.pdf.


11/02/2014 15:09 andrés monares #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Consumo romántico y la crítica de la crítica

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En una reunión social tuve ocasión de presenciar un intercambio de opiniones acerca del Día de los enamorados. Un comensal planteaba su disgusto con la “fiesta” por ser un chanchullo publicitario, potenciado desde los medios, que suma un fútil evento al calendario consumista del año; y además, objetaba el romanticismo estereotipado y cursi que acompaña a la fecha. Por otro lado, la contraparte defendía la decisión de celebrar por ser una opción personal respetable en sí misma; incluso más allá de la fiesta en sí, una cuestión de libertad individual y, por ende, dejaba ver la intolerancia de la crítica.

El “debate” muestra que no hay nada nuevo bajo el sol. Se trataba de la vieja disputa entre la autonomía individual y las intervenciones externas: el conflicto entre la burguesía y el Antiguo Régimen europeo con sus instituciones, valores y cultura. De esa lucha de emancipación surgirá un pensamiento que le dio preeminencia a lo individual por sobre lo colectivo y defendió la autonomía de la conciencia frente a las intervenciones externas de la época: la sociedad tradicional, el estado absolutista y la iglesia romana. El sustento intelectual de la lucha fue la Ilustración, su clímax habría sido la Revolución Francesa y el Liberalismo clásico su fruto más fiel.

La teorización ilustrada sirvió de fundamento a la aplicación liberal del principio de no intervención de la autonomía. Esta fue entendida como el valor más importante de la Modernidad, base del derecho, del sistema político y económico liberal. A la fecha, esa idea de autonomía individual se ha materializado, entre otros aspectos, en la libertad de conciencia y opinión cuales derechos. Y el principio de respeto irrestricto de aquellas libertades, ha sustentado una corriente relativista que defiende la legitimidad de (casi) cualquier opinión y conducta. De ahí que se rechacen las críticas como coacciones de la autonomía individual.

Nos parecía necesario situar el fondo de la discusión que tratamos aquí, para comprender su lógica e implicancias y saber desde dónde se establece el argumento “tolerante”. Ahora vayamos a un ejemplo particular, así veremos que los principios pueden no ser tan útiles o evidentes cuando acudimos a situaciones específicas. Cuestión básica en la Ética, como ya Aristóteles afirmara hace más de veinticuatro siglos.

Tomemos un caso de una opinión estética, asunto con mayor razón considerado dentro del sacrosanto templo de la autonomía individual. Imaginemos una persona que admira en grado sumo las letras de las canciones de Ricardo Arjona. Por cierto que es su gusto. Mas, ello no implica que esa “poesía” de las cosas simples y la favorable opinión acerca de ella, sean estéticamente incuestionables. Menos si nuestro fan iguala las letras del cantautor con, por ejemplo, los versos de Neruda o Huidobro. Asimismo, sigamos imaginando, esa expresión del gusto se manifiesta en que nuestro fan, guiado por su idolatría por Arjona, decide dejar su trabajo para emprender una misión: difundir lo que para él es una obra magna de un autor imperecedero. Si bien esta persona es libre de hacer lo que quiera, ello no impide emitir un juicio acerca de tan altruista cruzada… o a lo menos un par de tallas, ¿no?

Si Ud. ha leído hasta acá, acepto que le puede parecer que estoy matando moscas con perdigones o que este escrito es fruto del ocio veraniego. Sin embargo, me parece importante poder mirar cuestiones cotidianas con cierta distancia reflexiva y más aun informadamente. Pues, nunca está de más recordar que toda nuestra vida es, al fin y al cabo, cotidianidad. La cual incluye cuestiones que son mucho más relevantes que celebrar o no el Día de los enamorados. Con mayor razón cuando hoy se ha impuesto en Chile un relativismo de corte liberal el cual protege, desde la poderosa trinchera de los derechos individuales, no solo los juicios adversos acerca de personas comunes, sino también la crítica a decisiones o acciones con consecuencias mucho más amplias o delicadas. Por ejemplo, decisiones de algún empresario sobre su compañía que afectan negativamente a sus empleados, proveedores y/o clientes, son justificadas desde la lógica de la autonomía: es su derecho absoluto sobre su propiedad privada.[1]

En general, a partir de esa relativista crítica de la crítica se socaba la discusión y la por cierto conflictiva búsqueda de un consenso social. Solo quedaría constatar que no hay consenso y alegrarse de ello: su inexistencia es prueba de que nuestra autonomía como individuos está a salvo de coacciones externas y/o colectivas.[2]

Mas, el reinado del principio relativista, fundado en la autonomía liberal, llevaría a situaciones insólitas: imposibilitaría la actividad académica que es fruto del debate e igualmente la democracia se vería afectada como sistema de confrontación de ideas y valores. Es más, lo mismo ocurriría con cualquier tipo de diálogo donde se pudieran dar discusiones o juicios acerca de algún tópico... Quedaríamos atrapados en la insoportable superficialidad de las conversaciones de salón: lugares comunes, cumplidos y obviedades inofensivas. La propia vida social se haría absurda o insoportable bajo el yugo de la aceptación acrítica de la autonomía.

Podría creerse que cualquier persona perspicaz advertiría que, evidentemente, los actos tienen fundamentos y consecuencias. No se dan en un limbo o en sí mismos: aunque individuales, son siempre sociales. Pero, la realidad nos enseña que la perspicacia cuando no es rara es selectiva. Sin embargo, ese enfoque sí debería ser elemental para quien posee algún conocimiento de las disciplinas socioculturales. De hecho, ese es el objetivo básico del análisis de dichas disciplinas, indistintamente de la teoría utilizada para sus estudios. Tal vez la falla de quienes pertenecemos a ese campo ha sido no socializar lo suficiente aquel punto.

Esas mismas investigaciones han demostrado que la vida social está lejos de corresponder a la fantasía neoliberal de una conjunción, en un territorio dado, de un motón de autistas-autónomos. Sabemos lo inconvenientes que son dichas visiones cuando son llevadas a la realidad. Patente es el caso de Chile donde se instauró la legitimidad moral y la protección legal de la autonomía de los grandes agentes del mercado. Todo ello, por supuesto, dada la especial preocupación de nuestras élites por la autonomía individual de las chilenas y chilenos comunes y corrientes. Y, no hay que olvidarlo tampoco, por una profunda admiración por los pensadores ilustrados... ¡¿Quién podría ser tan ruin para dudarlo?!

A estas alturas, se entenderá que comparto la opción de aquel crítico del Día de los enamorados: es válido opinar respecto de la celebración. Diferente sería que se impidiera esa expresión festiva. En estos tiempos se tiende a confundir tolerancia con la no emisión de juicios críticos. Y, de hecho, igualmente concuerdo en que es una fiesta re-inventada por los publicistas y difundida por los medios para exacerbar el consumismo (cuestión muy diferente del consumo). En este caso, un consumismo romántico estereotipado y cursi.

En tal sentido, atendiendo a la construcción social de la realidad, el Día de los enamorados sí tiene consecuencias al reproducir y legitimar ideas, patrones conductuales y valores. Sea que ello se haga de forma explícita o suceda implícitamente. Por ende, escapa del mero ámbito individual privado. Con mayor razón puede y debe estar sujeto a crítica... la cual, irónicamente, es una expresión de la autonomía individual.

Se me olvidaba: tampoco me gusta Arjona.



[1] En todo caso, defender el derecho a que los demás puedan decir o hacer lo que les venga en gana, simplemente puede ser una manera de maquillar el individualista desinterés por los otros. Más todavía en una sociedad que promueve el egoísmo.

[2] El consenso neoliberal se limita a que no debe haber consenso, salvo sobre la existencia de una mínima estructura normativa que permita el ejercicio y protección de la libertad individual dentro de los límites (amplios) de esa estructura. Y ya sabemos la calidad del marco normativo chileno y para quiénes fue establecido.

20/02/2014 15:58 andrés monares #. sin tema Hay 1 comentario.

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