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Documental "Chicago boys" (2015): acceso libre

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En la década de 1950, la Universidad de Chicago becó a un grupo de estudiantes chilenos para ir a estudiar economía bajo las enseñanzas de Milton Friedman. Veinte años después, en plena dictadura, cambiaron el destino de Chile y lo convirtieron en el bastión del neoliberalismo en el mundo. Esta es su historia, narrada por ellos mismos.

  • Dirigido por: Carola Fuentes y Rafael Valdeavellano.
  • Premios: 

    Mejor director, Competencia Cine Chileno, Sanfic, 2015, 

    Mejor largometraje documental, Premios Pedro Sienna, 2016.

Pinchar el sigiente enlace para acceder:

https://ondamedia.cl/?fbclid=IwAR20E9WzZG-aTz7DfQ2N8yw4SWRkLaBybMupFfspN8YE06xUsRuGlhME2Mw#/player/chicago-boys

19/04/2020 20:35 andrés monares #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Monos con navaja... y posgrados

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La situación por el codvid-19 claramente no es fácil de encarar para ningún gobierno. Pero, en Chile venimos siendo testigos de una administración que no para de dar tema para una comedia negrísima. No sé si alguien está llevando la crónica del desorden y del festival de mentiras torpes y descaradas, todo lo cual va unido a una despreocupación por el pueblo que hoy raya en lo criminal. Porque estamos hablando de vida o muerte.

Todo ello, en el mejor escenario que Piñera o cualquier presidente de su calaña pudiera soñar: una prensa servil y superficial (concentrada económica e ideológicamente además), una oposición dividida y la cual parece no se ha dado por enterada de que su rol es ser contrapeso al gobierno, y un Legislativo y un Poder Judicial que brillan por su ausencia. El Estado se ha encarnado en el (des)gobierno.

La verdad es que estamos solos, en total indefensión. Lo que, en todo caso, ya sabíamos desde el 18 de octubre del año pasado, cuando la represión y las medidas absurdas se sucedieron como si en Chile el estado de derecho estuviera pintado.

Piñera, guiado por su mentalidad de winner cortoplacista y siendo él mismo una de las personas más ricas del país, se la está jugando por la sacrosanta cruzada de “salvar a la economía”. Es decir, por salvar a su pandilla y a él mismo. Porque, no hablamos de los trabajadores ni de las pymes, sino del gran capital: los grandes grupos económicos, la banca y las transnacionales.

Nadie en su sano juicio ignora que velar por la producción de, como decía el propio Adam Smith, “cosas necesarias y convenientes para la vida” es muy relevante. Pero, hoy la única prioridad del gobierno son los grandes agentes económicos.

Por eso la maquinaria propagandística nos quiere convencer de un dilema que no acepta matices ni menos otras opciones: es la economía o el caos. Y en medio de la pandemia y la paralización de diversas labores productivo-comerciales, por supuesto que el dinero para los salarios tiene que salir de algún lado. Pero, otra cosa es darle carta blanca a las empresas respecto a trabajadores en cuarentena o en franco peligro de contagio si asisten a sus labores usando, además, el sistema de transporte público.

Así, estamos viendo los estragos, sin aún llegar la peor parte, de la “Ley de protección del empleo”. Un insultante eufemismo, a la altura de la “Pacificación de La Araucanía”, para dejar a las empresas protegidas y a los trabajadores obligados a usar su seguro de desempleo… que dura tres meses y con cifras menores a cada mes.

¿Pura desidia o improvisación que “tira la pelota pa’ adelante” noventa días y así ganar un poco de tiempo para sacar algún otro guarén del sombrero? Porque esto ya es demasiado parecido al fraude del “Pepito paga doble”.

En estos momentos, sencillamente, el gobierno le ha rogado misericordia al sector privado y ha dejado en claro las opciones de las personas: trabajan arriesgando su salud o piden dinero a la banca, a algún familiar o empiezan a vender algo (pan, sus muebles, su ropa, etc.). No esperen nada del Estado… Mala época para que los más despistados se enteren ahora de qué se trata el neoliberalismo.

Cualquier persona mínimamente cuerda sabe que un gobierno no puede tomar palco ante una crisis. No puede esperar que suceda algo bueno al “crear” incentivos fantasiosos o injustos, para que ese mecanismo automático que creen los tecnócratas que es la sociedad-economía “reaccione” tal como “predijeron”. El punto es que la ideología del “enfoque económico” empapa esta administración y no hay mejor sistema para personas mediocres: no exige leer mucho, ni reflexionar y menos tener calle.[1]

¡La mano invisible no existe genios! Menos en un país donde reinan las colusiones, no se resguarda la competencia, hay concentración económica, etc. Ese es nuestro pseudoliberalismo antiliberal, el resto es propaganda. Las décadas de silencio de la derecha y de buena parte de los economistas libremercadistas, es prueba de que la (pseudo)política de los primeros y la “ciencia” de los segundos solo salvaguarda intereses.

¡Gobiernen torpes! ¡Hagan política!... ¡¿De qué creen que se trata administrar un país?! Queda en evidencia la mansedumbre intelectual de quiénes explicaron votar a Piñera por ser empresario y saber manejar compañías: obviamente lo haría bien con un país. Cuando, con una mínima capacidad reflexiva, se sabe que en el contexto neoliberal el objetivo de una empresa es ganar cuánto dinero sea posible. Lo cual no tiene nada que ver con el mandato de un gobierno: velar por el bien común del pueblo. Para una compañía el dinero es un fin, para un gobierno un medio… ¡Y a estas alturas ni hablar del argumento de que los ricos no roban porque ya tienen dinero!

Cualquier persona con una capacidad cognitiva aceptable, puede preguntarse hoy con justa razón: ¡¿qué esperan para sentarse a conversar con el mundo social, laboral y empresarial?! Y desde ahí generar un plan de emergencia en el cual todos contribuyan. Pero, sobre todo, esos que han acumulado miles de millones por todas las ventajas legales y tributarias que el Estado les ha regalado por décadas

Insisto: ¡Gobiernen torpes! ¡Hagan política!... ¡¿De qué creen que se trata administrar un país?!

Como están las cosas, nos mata el virus o la indignación.



[1] Baste recordar tres ejemplos vergonzosos, de entre los cuantiosos que nos ha regalado este gobierno: Piñera declarando que si la educación fuera gratis los estudiantes no la valorarían; la ministra de Transportes sin entender porqué los escolares protestaban por el alza de pasajes de Metro si a ellos no se les afectaba; y el subsecretario de Redes Asistenciales explicando que si el gobierno decretaba la gratuidad del examen para detectar el covid-19 los laboratorios lo dejarían de producir.

19/04/2020 19:30 andrés monares #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

La universidad-empresa y los estudiantes-clientes

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Extraído de La utilidad de lo inútil (2013) de Nuccio Ordine.

1. LA RETIRADA DEL ESTADO

Antes de pasar a leer algunas páginas de los grandes clásicos de la literatura, quisiera detenerme un momento en los efectos catastróficos que la lógica del beneficio ha producido en el mundo de la enseñanza. Martha Nussbaum, en su hermoso libro Sin fines de lucro, nos ha proporcionado hace poco un elocuente retrato de esta progresiva degradación. En el curso de la última década en buena parte de los países europeos, con alguna excepción como Alemania, las reformas y los continuos recortes de fondos financieros han trastornado —sobre todo en Italia— la escuela y la universidad. De manera progresiva, pero muy preocupante, el Estado ha iniciado un proceso de retirada económica del mundo de la enseñanza y la investigación básica. Un proceso que ha determinado también, en paralelo, la secundarización de las universidades. Se trata de una revolución copernicana que en los próximos años cambiará radicalmente la función de los profesores y la calidad de la enseñanza.
Casi todos los países europeos parecen orientarse hacia el descenso de los niveles de exigencia para permitir que los estudiantes superen los exámenes con más facilidad, en un intento (ilusorio) de resolver el problema de los que pierden el curso. Para lograr que los estudiantes se gradúen en los plazos establecidos por la ley y para hacer más agradable el aprendizaje no se piden más sacrificios sino, al contrario, se busca atraerlos mediante la perversa reducción progresiva de los programas y la transformación de las clases en un juego interactivo superficial, basado también en la proyección de diapositivas y el suministro de cuestionarios de respuesta múltiple.
Pero hay algo más. En Italia, donde el problema de los que pierden el curso alcanza dimensiones preocupantes, las universidades que logran el objetivo de graduar un estudiante en los años previstos por la ley reciben el premio de una financiación ad hoc. Los centros que, por el contrario, no satisfacen los protocolos ministeriales sufren sanciones. De este modo, si se matriculan mil estudiantes en el año 2012, mil graduados deberán tener su título al final del trienio. Una aspiración noble y legítima si a los legisladores, además de la quantitas, les interesara también la qualitas. Por desgracia, sin embargo, renunciando a evaluar con qué competencias reales concluyen su ciclo de estudios los nuevos titulados, el mecanismo en acto se transforma en una estratagema que empuja a las universidades —cada vez más comprometidas por la penuria de fondos en la búsqueda poco escrupulosa de subvenciones— a hacer lo im posible para producir nuevas hornadas de titulados.

2. LOS ESTUDIANTES-CLIENTES

A los estudiantes, como ha subrayado Simón Leys en una lección sobre la decadencia del mundo universitario, en algunos centros canadienses se los considera ya como clientes. El mismo resultado se desprende también de una minuciosa investigación sobre el funcionamiento de una de las más importantes universidades privadas del mundo. En Harvard, según informa Emmanuel Jaffelin en Le Monde del 28 de mayo de 2012, las relaciones entre profesores y estudiantes parecen fundarse sustancialmente en una suerte de clientelismo: «Dado que paga muy cara la matrícula en Harvard, el estudiante no sólo espera de su profesor que sea docto, competente y eficaz: espera que sea sumiso,porque el cliente siempre tiene razón». En otros términos: las deudas contraídas por los alumnos estadounidenses para financiar sus estudios, cercanas a los mil millardos de dólares, los obligan a ir «más a l a búsqueda de ingresos que de saber».
En efecto, el dinero que los matriculados vierten en las arcas universitarias ocupa un puesto de primer rango en los presupuestos elaborados por los rectores y los consejos de administración. Y este dato comienza a cobrar gran importancia también en los centros estatales, donde se intenta atraer a los estudiantes por todos los medios, hasta el punto de promover, como sucede con los automóviles y los productos alimenticios, verdaderas y genuinas campañas publicitarias. Las universidades, por desgracia, venden diplomas y grados. Y los venden insistiendo sobre todo en el aspecto profesionalizado esto es, ofreciendo cursos y especializaciones a los jóvenes con la promesa de obtener trabajos inmediatos y atractivos ingresos.

3. LAS UNIVERSIDADES-EMPRESAS Y LOS  PROFESORES-BURÓCRATAS

Institutos de secundaria y universidades, en definitiva, se han trasformado en empresas. Nada que objetar, si la lógica empresarial se limitase a suprimir los despilfarros y a rechazar las gestiones demasiado alegres de los presupuestos públicos. Pero, en esta nueva visión, el cometido ideal de los directores de instituto y rectores parece ser sobre todo el de producir diplomados y graduados que puedan insertarse en el mundo mercantil. Desposeídos de sus habituales vestimentas de docentes y forzados a ponerse las de gestores, se ven en la obligación de cuadrar las cuentas con el fin de hacer competitivas las empresas que dirigen.
También los profesores se transforman cada vez más en modestos burócratas al servicio de la gestión comercial de las empresas universitarias. Pasan sus jornadas llenando expedientes, realizando cálculos, produciendo informes para (a veces inútiles) estadísticas, intentando cuadrarlas cuentas de presupuestos cada vez más magros, respondiendo cuestionarios, preparando proyectos para obtener míseras ayudas, interpretando circulares ministeriales confusas y contradictorias. El año académico transcurre velozmente al ritmo de un incansable metrónomo burocrático que regula el desarrollo de consejos de todo tipo (de administración, de doctorado, de departamento, de curso de graduación) y de interminables reuniones asamblearias.
Parece que nadie se preocupa, como debería, de la calidad de la investigación y la enseñanza. Estudiar (a menudo se olvida que un buen profesor es ante todo un infatigable estudiante) y prepararlas clases se convierte en estos tiempos en un lujo que hay que negociar cada día con las jerarquías universitarias. No nos damos ya cuenta de que separando completamente la investigación de la enseñanza se acaba por reducir los cursos a una superficial y manualística repetición de lo existente.
  Las escuelas y las universidades no pueden manejarse como empresas. Contrariamente a lo que pretenden enseñarnos las leyes dominantes del mercado y del comercio, la esencia de la cultura se funda exclusivamente en la gratuidad: la gran tradición de las academias europeas y de antiguas instituciones como el Collège de France (fundado por Francisco I en 1530) —sobre cuya importancia para la historia de Europa ha insistido recientemente Marc Fumaroli en Nápoles, en una apasionada conferencia dictada en la sede del Istituto Italiano per gli Studi Filosofici— nos recuerda que el estudio es en primer lugar adquisición de conocimientos que, sin vínculo utilitarista alguno, nos hacen crecer y nos vuelven más autónomos.[12] Y la experiencia de lo que aparentemente es inútil y la adquisición de un bien no cuantificable de inmediato se revelan inversiones cuyos beneficios verán laluz en la longue durée.
  Sería absurdo cuestionar la importancia de la preparación profesional en los objetivos de las escuelas y las universidades. Pero ¿la tarea de la enseñanza puede realmente reducirse a formar médicos, ingenieros o abogados? Privilegiar de manera exclusiva la profesionalización de los estudiantes significa perder de vista la dimensión universal de la función educativa de la enseñanza: ningún oficio puede ejercerse de manera consciente si las competencias técnicas que exige no sesubordinan a una formación cultural más amplia, capaz de animar a los alumnos a cultivar su espíritu con autonomía y dar libre curso a su curiositas. Identificar al ser humano con su mera profesión constituye un error gravísimo: en cualquier hombre hay algo esencial que va mucho más allá del oficio que ejerce. Sin esta dimensión pedagógica, completamente ajena a toda forma de utilitarismo, sería muy difícil, ante el futuro, continuar imaginando ciudadanos responsables, capaces de abandonarlos propios egoísmos para abrazar el bien común, para expresar solidaridad, para defender la tolerancia, para reivindicar la libertad, para proteger la naturaleza, para apoyar la justicia.
  En una apasionada página de los Pensamientos de Montesquieu es posible hallar una escala de valores que suena como una necesaria invitación a superar todo perímetro demasiado limitado para elevarse cada vez más hacia los infinitos espacios de lo universal:

Si supiera alguna cosa que me fuese útil y que resultara perjudicial para mi familia, la expulsaría de mi mente. Si conociera alguna cosa útil para mi familia, pero que no lo fuese para mi patria, trataría de olvidarla. Si conociera alguna cosa útil para mi patria, pero perjudicial para Europa, o útil para Europa y dañina para el género humano, la consideraría un crimen.

 

12/04/2020 22:35 andrés monares #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

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