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Tincada versus realidad

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Según el último Informe del Centro de Microdatos de la Universidad de Chile sobre el empleo en el Gran Santiago, “Sólo el 20% de los ocupados tiene ingresos sobre los $ 570 mil al mes”. En tal sentido, dicho Centro afirma que “La distribución de ingresos laborales totales se han mantenido altamente desigual en los últimos dos años”.[1]

¿Cuál novedad dirá Ud.? Claramente, ninguna. La desigualdad está instalada no sólo en la Región Metropolitana, sino en todo el país; y no hace dos años, campea hace décadas. No lo dice este humilde columnista, quien para Ud. puede ser un simple fanático antisistema o un anónimo amargado siempre presto a ver el vaso medio vacío en un contexto de innumerables logros. Los resultados de nuestra situación estructural de desigualdad la afirman investigaciones del Banco Mundial, la OCDE y hasta los periódicos estudios de la Dirección del Trabajo (bajo las administraciones de la Concertación y este gobierno)… Y algo me dice que en tales instituciones no han de trabajar muchos fanáticos antisistema. Muy por el contrario.

Así las cosas, me quiero referir aquí a quienes no ven esos datos ni menos el verdadero país en el cual viven. Una porfiada ceguera mantenida a pesar de las indesmentibles cifras y de la realidad que está ahí para quien la quiera considerar.

Para esas personas que, parafraseando al economista John Kenneth Galbraith, podemos llamar “satisfechas” con el sistema socioeconómico imperante, sin duda Chile es la “copia feliz del Edén”. Su propia realidad la han transformado en la prueba indesmentible de la situación general del país. El vaso ni siquiera estaría medio lleno, está rebasado y chorreando cual catarata de Iguazú.

Muchos de quienes pertenecen al 4 % de los salarios más altos de Chile y desarrollan la mayor parte de su vida junto a otras personas pertenecientes a ese 4 %, asumen que el restante 96 % de sus connacionales tienen un estándar de vida similar al suyo. Gran parte de esa inmensa mayoría gozaría, efectivamente en su opinión, de las ventajas materiales del sistema: acceso a salud y alimentación de calidad, bienes raíces propios en “buenos” barrios, acceso a la cultura y el ocio, cómodos autos, vacaciones dentro y fuera del país, ropa “de marca”, buenos colegios y universidades para sus hijos, etc.

El problema, y juro que no quiero ser aguafiestas ni echar pelos en la leche, es que para pertenecer a esa “élite”, Ud. debe recibir un sueldo de algo más de $ 2 millones. Sí, así de rasca es la cima de ingresos salariales de este “exitoso” país. Por lo cual se entiende que quienes gozan del modelo a plenitud, son todavía menos personas… Sí, ¡menos del 4 %![2]

Si alguien ignora esas cifras públicas y además publicitadas en los medios (aparte, se insiste de nuevo, de que se reflejan en la realidad a simple vista), es un ignorante o le importan un comino los demás. Ante esas opciones, la primera nos puede dejar tranquilos: es cosa de leer o preguntar; mas en el segundo caso, no hay mucho qué hacer… sinceramente, no me gustaría ser su amigo o subordinado. Y no se trata de superioridad moral, solo de que la vida en sociedad requiere un mínimo de interés y cooperación con los demás. Nótese que ni siquiera digo solidaridad.

Entonces, en cuanto a sacar conclusiones generales a partir de unos pocos casos, de menos del 4 % del universo y entre los que para más encima se encuentra uno mismo, podemos recurrir a René Descartes. Este filósofo francés decía que “El sentido común es el menos común de los sentidos”. Lo cual puede usarse para hacer referencia a individuos que generalizan a partir de inducciones de su propia y limitada experiencia, creyendo tan evidentes sus falaces conclusiones que terminan pretendiendo que son cuestiones de sentido común.

Ante esos sabios de sobremesa que inducen y concluyen con una liviandad vergonzosa, uno agradece estar acosado por esa espada de Damocles del pudor... o la neurosis dirán otros. Ella nos impulsa a informarnos y a comparar la teoría con la realidad, para reacomodar nuestras ideas frente a los porfiados hechos. Es de sentido común, ¿no es así señor Descartes?

Siempre habrá personas que, escudadas tras un firme y hasta sincero convencimiento respecto de su objetividad o ecuanimidad, desde su autoasumida superioridad moral e intelectual denostarán a los que tienen por fanáticos. ¿Y quiénes son estos extremistas delirantes?: los que sostienen firmemente creencias contrarias a las que ellos sostienen firmemente.

Sin duda prefiero a los supuestos fanáticos que se informan, manejan datos y realizan inducciones de buena calidad. Pueden llegar a ser aburridos con sus datos y citas, pero al menos tienen una genuina preocupación social y la respaldan con algo más que mero voluntarismo. Ellos son la otra cara de la moneda de quienes alaban el sistema… simplemente porque les tocaron los mejores asientos del show.



[2] Para estas cifras y porcentajes se ha recurrido a la Séptima Encuesta Laboral de la Dirección del Trabajo: http://www.dt.gob.cl/documentacion/1612/articles-101347_recurso_1.pdf.


11/02/2014 15:09 andrés monares #. sin tema

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