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Ser pobre es una mierda

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Un corto artículo muy esclarecedor de cómo afecta la pobreza, un fenómeno social de carácter estructural, a las personas. Cuando eso se comprende se sabe que no se trata solamente de una mera "voluntad" de dejar de ser pobre, eso es un facilismo neoliberal e ignorante de cómo funciona la sociedad, la economía y la política... Si Ud. es tan pobre de alma que es incapaz de empatía o misericordia, al menos instrúyase cómo funcionan las cosas antes de juzgar y dar cátedra a quienes sufren la pobreza.

La única observación que desde el saber antropológico se le podría hacer al autor, es que asume una mitología respecto a las sociedades cazadoras-recolectoras: serían pobres y en su "urgencia" por sobrevivir, no podrían desarrollar otros aspectos socioculturales hasta saciar sus necesidades materiales inmediatas... lo que es comprobadamente falso.

 

por Roger Senserrich

Hace unos años mi trabajo consistía en ayudar a familias con pocos ingresos a rellenar el papeleo para pedir servicios sociales.

En un país normal, donde el Estado no se dedica a juzgar la catadura moral de sus ciudadanos pobres, este es un trámite relativamente sencillo. Hay papeleo, sí, pero la mayoría de servicios como sanidad o acceso a guarderías públicas o bien son o bien aspiran a ser universales. Más allá de demostrar que tienes un pulso y confirmar que no eres un asesino en serie perseguido por la justicia, la Administración tiende a dejarte en paz.

Esto no es así en Estados Unidos. Cualquier persona de pocos ingresos que tenga que pedir alguna clase de ayuda, por desesperada que esté, tiene que rellenar una cantidad francamente deprimente de formularios, a menudo adjuntando una montaña enorme de documentación. Impresos de más de veinte páginas no son en absoluto inusuales, así como largas tardes al teléfono intentando convencer a un aburrido funcionario de servicios sociales de que es poco realista pedirle a un indigente una copia de su carnet de conducir y el teléfono de su casero, por mucho que esa sea una de las preguntas marcadas como obligatorias en la sección 5B.

A efectos prácticos, lo cierto es que me pasé meses de mi vida esencialmente rellenando formularios a cientos de personas de muy mal humor, siempre preguntándoles cosas privadas, embarazosas o directamente insultantes. Dice mucho de la paciencia y buena voluntad de la gente de Nueva Inglaterra que nadie me soltara una bofetada y que solo un par de veces se me liaran a gritos, porque realmente estaba haciéndoles un examen sobre sus vidas. Por muy buena voluntad que le pusiera, sin embargo, el tener que pensar sobre quién cumplía los requisitos para acceder a sanidad, cupones de alimentos y demás día sí día también acababa por hacer que juzgara a estas personas, aunque fuera un poquito. Siempre me contuve, intentando ser educado.

Hasta que un día me pasé de listo.

Era una mañana de junio y estaba en una pequeña ONG en New Haven, en un barrio hispano no demasiado agradable. Dos citas no se habían presentado, y no estaba de muy buen humor. Llevaba un rato sin clientes, aburrido en un despacho desvencijado leyendo artículos sobre trenes en internet. Fue entonces cuando llegó una mujer que no llegaba a la treintena, puertorriqueña, con sus dos hijos pequeños a cuestas, a ver si podía apuntarse al seguro médico y cupones de alimentos.

Un poco irritado, saqué el cuestionario y me puse a hacer toda la horrible batería de preguntas, inquiriendo sobre dónde vivía, dónde trabajaba, cuánto ganaba, cuántos ahorros tenía, qué coche conducía, si tenía historial delictivo, dónde vivía el padre de sus niños, y pidiendo que me detallara su situación familiar. Ser pobre a menudo significa someterse a estas pequeñas humillaciones, tristemente, e intenté ser amable, incluso con dos críos chillones interrumpiéndome en un despacho lleno de cachivaches.

Fue al preguntar sobre sus gastos cuando me pasé de listo. Por una serie de motivos regulatorios obtusos que no vienen a cuento, en la solicitud era necesario detallar cuánto se paga de alquiler, electricidad, calefacción, etcétera, no sea que alguien esté pidiendo ayuda sin pasar suficiente hambre. La factura de teléfono del mes pasado para esta pobre chica era de más de cien dólares, ya que además de teléfono e internet tenían contratada televisión por cable. No era la primera vez que me encontraba a alguien que no llegaba a final de mes con estos gastos, y siempre me callaba. Esta vez, sin embargo, no pude evitar juzgarla y decirle, con bien poco tacto, que quizás harían bien en ahorrar ese dinero en vez de malgastarlo en un lujo innecesario.

Por muy buena cara que la pobre mujer hubiera estado poniendo hasta entonces, esa fue la gota que colmó el vaso. Primero se quedó quieta, mirándome fijamente, frunciendo el ceño. Tras unos segundos de silencio, pidió a sus dos chavales que salieran fuera un ratito, que ya casi estaban. Una vez se fueron los niños, cerró la puerta y rompió a llorar, contándome entre sollozos que sabía que era un lujo, que sabía que era tirar dinero, pero que no podía hacerlo ya que sus hijos la odiarían por ello.

Ser pobre, me contó, es no poder hacer nada, nada en absoluto; es no poder ir a comer fuera, no poder llevar a los niños al cine, no poder comprarles juguetes o llevarlos a la ciudad. Es no poder apuntarlos a actividades extraescolares, porque no podía salir temprano de uno de sus dos trabajos para ir a recogerlos. Desde que recordaba, la palabra que más había repetido a sus hijos era «no». Dejarles sin Spongebob, sin poder hacer nada más que sentarse a mirar la pared cuando estaban en casa era demasiado. Y por supuesto, no era solo por sus hijos. Sin televisión, sin ese pequeño lujo que apenas podía pagar, no se veía capaz de aguantar esos días que volvía del trabajo a las once de la noche, cansada y oliendo a McDonalds, sin perder la cabeza. Ver la novela grabada y fumarse un cigarrillo. Era eso o no poder más.

La había juzgado, obviamente. Había juzgado que ese pequeño lujo, ese gasto innecesario, era una muestra de su falta de disciplina, de la falta de criterio que la había hecho pobre. Tenía dos hijos, estaba sola, fumaba y encima quería ver Dexter en la tele. No era digna.

Lo que no estaba viendo es que esta mujer, aún no llegada a la treintena, tenía dos empleos a tiempo parcial, dos niños llenos de energía y absolutamente nadie que la ayudara. No se había tomado unas vacaciones desde hacía años, y no sabía si temía más el verano porque no sabía dónde iba a meter a sus hijos mientras estaba en el trabajo, o porque le iban a reducir las horas en el curro y no podría pagar el alquiler. Su cansancio no era la clase de agotamiento que se va con una buena noche de sueño. Su cansancio era el de estar muerta de miedo todo el día, de forma constante, sin pausa, harta de que todo el mundo la vea como una fracasada y rota por dentro por la sospecha de que quizás tuvieran razón.

La pobreza es una mierda. Se ha hablado mucho estos días en Estados Unidos sobre si existe una «cultura de la pobreza», sobre si la gente con pocos ingresos lo que necesitan es menos servicios sociales que les rían las gracias y más lecciones sobre fortaleza moral. Ojalá fuera tan sencillo. La realidad es que cualquier persona medio normal que viva bajo los niveles de estrés, angustia y temor de estar cerca de la pobreza no tendrá las más mínimas ganas de que alguien le explique sus errores. Sencillamente estará demasiado agotado para prestarle atención.

Hay un libro sobre este tema absolutamente fascinante, publicado hace unos meses, llamado Scarcity: The New Science of Having Less and How It Defines Our Lives, de Senil Mullainathan y Eldar Shafir. El foco de los autores, su pregunta inicial, es explicar por qué los pobres toman decisiones que a menudo parecen irracionales. Por qué compran alcohol, juegan a la lotería, fuman o tienen televisión por cable. Por qué no ahorran y prefieren comprarse un televisor LED de cincuenta pulgadas a abrir una cuenta de ahorros.

Su conclusión, basada en una cantidad tremenda de evidencia empírica, es que los humanos tenemos un «ancho de banda» limitado a la hora de procesar información y tomar decisiones. Podemos atender unas pocas cosas a la vez, podemos preocuparnos por un número limitado de proyectos, pero llegado un determinado nivel de actividad y problemas que confrontar no damos más de sí. El «ancho de banda» disponible, sin embargo, no depende demasiado de la inteligencia o talento de cada individuo, sino que está fuertemente influenciado por el contexto. Alguien sin preocupaciones inmediatas puede procesar una cantidad considerable de información y tomar decisiones a largo plazo.

Cuando alguien afronta una situación de escasez material inmediata, sin embargo, su capacidad cognitiva se concentra en responder a esa amenaza, a ese riesgo inmediato, dejando de lado cualquier otro problema a afrontar. Alguien en la pobreza tiende a vivir obsesionado por lo inmediato, por el problema que tiene justo ahora mismo al frente. No hace planes sencillamente porque su cerebro no le deja pensar en nada más. Es una respuesta primaria, el cerebro de cazador-recolector obsesionándose con su necesidad imperativa de supervivencia. Y lo es hasta el punto de producir una reducción de la capacidad de razonamiento medible y verificable; un descenso del coeficiente intelectual de quince puntos solo por estar sufriendo ese estrés. Para haceros una idea, es el equivalente a tener que tomar decisiones tras una noche sin dormir.

La experiencia de la pobreza, el día a día de no saber cómo vas a pagar el alquiler, no saber qué vas a hacer con tus hijos, no saber cómo vas a poder alargar los treinta dólares para una compra que te llegue hasta el viernes, es algo increíblemente duro. Es angustioso para los adultos que viven en este mundo, y es aún peor para los hijos que crecen en una familia así, con padres que viven abrumados por este miedo constante. Para un niño crecer en un contexto de estrés tóxico, de inestabilidad familiar, padres agotados, gritos constantes y el temor constante de perderlo todo es extraordinariamente doloroso, especialmente durante la primera infancia. Crecer con algo parecido a estrés postraumático hace que salir de ese pozo sea algo mucho más difícil (las habilidades de aprendizaje se resienten, peores habilidades sociales, falta de modelos), perpetuando aún más el problema.

Cuando hablamos de pobreza, por tanto, nunca podemos olvidar lo extraordinariamente duro que es sufrirla. No estamos hablando de vivir en pisos pequeños, comer mal, no ir al cine o estar en un barrio feo de la ciudad. Estamos hablando de miedo, angustia y temor constantes, a menudo en solitario, sin que nadie se digne a prestarte atención.

Afortunadamente, sabemos cómo reducir la pobreza: el estado de bienestar puede hacerlo, y funciona bien en muchos países. El problema en España es que nuestro estado de bienestar no cumple con su cometido en absoluto. Pero de eso, me temo, hablaremos en otro artículo.

 

FUENTE: https://www.jotdown.es/2015/03/ser-pobre-es-una-mierda/

07/09/2019 20:55 andrés monares #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Respalda tu cuenta del féis

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Muchos somos quienes subimos fotos o escritos a Facebook (FB)... pero pocas veces nos planteamos qué puede pasar con todo ese material si, por ejemplo, nos cierran la cuenta. Yo recomiendo planteárselo y, de hecho, respaldar todo el material que has subido a tu cuenta y te interesa conservar.

¿Por qué? Te cuento mi caso.

FB me ha bloqueado el uso de mi cuenta tres veces en menos de un mes. Se me informó que violé las Normas Comunitarias... las cuales muy pocos de los millones de usuarios leen y uno termina guiándose por el mal llamado “sentido común” para sopesar sus propias publicaciones y/o comentarios. Craso error.

El primer bloqueo se debió a que subí la foto de unas jóvenes de alguna etnia amazónica jugando fútbol con el torso desnudo. La foto en cuestión no tiene nada de erótico, ni de grotesco y menos de pornográfico.

Pero, el torso desnudo y los pechos al aire no eran un problema para FB; sí la exhibición de sus pezones. La plataforma tiene una especial atención en los pezones... femeninos; los masculinos no son tema:

“Entendemos que las personas comparten desnudos por una variedad de razones, entre ellas, como una forma de protesta, para generar conciencia sobre una causa o por razones educativas o médicas, y aceptamos el contenido cuando dicha intención es evidente. Por ejemplo, aunque restringimos las fotos de senos femeninos que muestren el pezón, sí permitimos las que representen actos de protesta, a mujeres amamantando activamente y fotos de cicatrices de mastectomías. También permitimos fotografías de pinturas, esculturas y otras obras de arte donde se muestren figuras desnudas”[1]

Más allá de que la censura de pezones pueda parecer absurda o exagerada a un antropólogo, artista, médico o a cualquier persona que no cargue alguna perversión o sea una fanática religiosa… uno aceptó tales Normas Comunitarias al ser usuario de FB. Asumo mi ignorancia.

El segundo bloqueo sucedió a partir de que alguien denunció un comentario de mi parte. Puntualmente comenté una noticia de Jair Bolsonaro, con sus acostumbradas opiniones estúpidas y/o fascistoides, subiendo una caricatura de un ridículo Hitler expresando quejumbroso: “¡Es sólo mi opinión!”. Lo cual, obviamente, busca dejar en evidencia lo disparatado que es pretender que los discursos de odio merecen respeto por estar protegidos por la libertad de opinión.[2]

FB bloqueó mi cuenta, pero se me dio la opción de enviar un mensaje explicando que estaban en un error… y en más de 24 horas mi mensaje “no pudo ser procesado”. Lo cual extraña para un gigante tecnológico que es capaz de manejar una inmensa cantidad de información... Sin comentarios. Finalmente, cuando solicité una revisión a través de otra vía (pinchar una opción), la respuesta fue: “Volvimos a revisar tu publicación y no cumple nuestras Normas comunitarias.”

El problema es que la caricatura no viola las Normas de la propia plataforma sobre “Lenguaje que incita al odio”, pues FB asume “que a veces las personas comparten contenido que contiene el discurso de odio de alguien más con el fin de generar conciencia o educar a otros (…) En todos estos casos, permitimos tal contenido”. Y, se agrega: “Los comentarios humorísticos y sociales relacionados con estos temas sí están permitidos”.[3]

El tercer bloqueo fue porque en mi inocencia --que me consta que pasados los 15 años tiene otro nombre-- una vez recuperada mi cuenta, hice una publicación en mi muro contando mi experiencia con la caricatura de Hitler y acompañando el breve escrito con dicho dibujo. Estaba seguro que nadie con un mínimo de criterio podría suponer que era un discurso de odio. Además, recomendaba respaldar el material de FB, pues lo que me había pasado sugería que la plataforma puede cerrar las cuentas a su arbitrio y así los usuarios perderían fotos, escritos o alguna otra cuestión importante. Otra vez se me dio la opción de enviar un mensaje explicando que FB estaba en un error… y de nuevo en más de 24 horas mi mensaje “no pudo ser procesado”.

Claramente, el nuevo bloqueo fue automático al identificar un algoritmo la caricatura de Hitler; y, como de nuevo al no poder enviar un texto pinché la opción "revisión", supongo que mi publicación fue chequeada por un funcionario quien no conoce las propias Normas de FB, no tiene ni dos dedos de frente o el más mínimo interés por su trabajo ni respeto por los usuarios. Incluso, esta vez me preocupé de seguir al detalle las Normas de la plataforma: "esperamos que se indique claramente la intención para que podamos entender mejor por qué se compartió"... Lo cual, de hecho, expuse al final de la publicación.

Para ir concluyendo, estas experiencias hacen que se derrumbe en un tris el sueño del liberalismo tecnológico acerca de la libertad de millones de emisores, quienes gracias a la magia de la red pueden expresar sus opiniones sin trabas en tiempo real a todo el planeta. Y asimismo cayó ese ya casi olvidado pesado telón de los pesimistas de la Escuela de Frankfurt, aquellos intelectuales que en la lejana primera mitad del siglo XX denunciaran el totalitarismo de los sistemas burocráticos… Incluyendo el de las grandes compañías con fines de lucro, las cuales al tiempo que alienan a las personas las utilizan para conseguir pingües beneficios.

En pleno siglo XXI podemos ser víctimas de la infantil venganza de un sujeto anónimo contra quienes no piensan como él, amparada en un algoritmo o en un funcionario descriteriado de una compañía que no tiene el más mínimo interés ni respeto por quienes utilizan su plataforma y los han hecho multimillonarios.

Vaya viajecito a un pasado que se suponía ya superado. No somos nada, somos simples usuarios.

 



[1] Normas Comunitarias. Parte III. Contenido inaceptable: 13. Desnudos y actividad sexual de adultos (https://www.facebook.com/communitystandards/objectionable_content).

[2] Con el tiempo pensé que fue una venganza de un seguidor de La Bestia… o peor aún, un opositor a él que creyó que yo lo defendía. No sé cuál opción es peor.

[3] Normas Comunitarias. Parte III. Contenido inaceptable: 11. Lenguaje que incita al odio (https://www.facebook.com/communitystandards/objectionable_content). De hecho, yo mismo he denunciado a FB en diversas ocasiones publicaciones y comentarios racistas, clasistas, homófobos, militaristas, colonialistas... y siempre se me ha contestado que cumplen las Normas Comunitarias.

10/09/2019 12:47 andrés monares #. sin tema Hay 2 comentarios.

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