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El clérigo Charles Darwin: Evolución, religión y Modernidad

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Al entender la general importancia que el naturalismo daba al instinto en la Gran Bretaña del siglo XIX para explicar la conducta y la supervivencia humana, no sorprende que diversos autores hayan llegado a similares resultados evolucionistas. Por siglos se había venido preparando la irrupción triunfal de la Biología y su nueva teoría que sería tomada por omnicomprensiva: el Evolucionismo darwiniano. Dicha ciencia madre y su más destacado vástago teórico, serán los firmes cimientos de diversos enfoques naturalistas. Siendo la Economía Moderna la que beberá ávidamente de la Biología y del Evolucionismo.[1]

Charles Darwin y su teoría serán la cúspide del naturalismo ilustrado, a la vez que una especie de bisagra para diversas disciplinas que se desarrollarán luego a partir de esos fundamentos. De ahí que sea necesario ahondar un poco en el Evolucionismo.

A decir de Andrew White, diferentes “líneas de argumentación [iban] convergiendo desde muchos años atrás hacia una sola conclusión”: una selección natural como mecanismo de la evolución en base a la supervivencia del más apto. De hecho, esa idea fue aplicada en forma paralela al mundo biológico no humano por Alfred Wallace y por Darwin, clérigo y naturalista. Luego, éste último la emplearía también para explicar la evolución del género humano, en el fondo una especie biológica más. De esa manera, en El origen de las especies (1859) sostendrá que “la selección natural obra solamente por y para el bien de cada ser, todos los dones corporales e intelectuales tenderán a progresar hacia la perfección” (Darwin, 1983: 604).

En su caso, cabe destacar su convencimiento respecto de la plena concordancia de su teoría evolutiva y la “creación” independiente de las especies, con la voluntad progresiva y “las leyes impresas en la materia por el Creador”. De donde tenía por improbable que sus ideas “hieran los sentimientos religiosos de nadie”. La teoría científica de este clérigo naturalista, no atentaba o negaba el Cristianismo ni la Biblia; sencillamente su “hipótesis de la variabilidad” obligaba a desechar una lectura literal del Génesis. Este era el verdadero conflicto con el clero más rígidamente ortodoxo de su época, no con el Cristianismo en sí.[2]

De la Autobiografía de Darwin (publicada en 1887) se ha tendido a deducir que renegó de su fe cristiana. Si bien él mismo expresa que una fuente racional de “convicción en la existencia de Dios”, proviene de la “imposibilidad” de concebir el universo y a la propia humanidad “como el resultado del azar ciego o la necesidad” (Benítez, 1999).[3] A partir de tales reflexiones, el clérigo naturalista afirmaba sentirse “compelido a buscar una Primera Causa” y se llama a sí mismo “teísta”. Para, en relación a lo anterior, terminar sosteniendo: “Esta conclusión [de un orden divino] era fuerte en mi mente, hasta donde puedo recordar, cerca de la época en que escribí El Origen de las Especies” (Benítez, 1999: 156).

Respecto a las influencias religiosas de Darwin, él mismo acepta lo importante que fue para él en su juventud el libro Teología natural: o evidencias de la existencia y atributos de la Deidad, recogidos a partir de los aspectos de la naturaleza (1802) del reverendo William Paley. Texto del cual afirmaba semanas antes de publicar El origen de las especies: “no creo haber admirado nunca un libro más que este (...) casi podía recitarlo de memoria” (Gould, 1994). Por más que luego disintiera de Paley, la lógica de su obra no merece muchos comentarios a partir de la consideración de su título. Asimismo, Darwin acepta el influjo del teólogo Johns Stevens Henslow y que las ideas del clérigo Robert Malthus tuvieron un rol fundamental, al aclararle el mecanismo de la “selección natural” como resultado de la “lucha por la existencia” (que Malthus explicaba cual designio divino). Incluso, Darwin mantenía contacto epistolar con diversos sacerdotes dedicados abiertamente a la investigación natural u otras actividades académicas científicas (Darwin, 1983. Burkhardt, 1999).

Aun concediendo que el clérigo Darwin haya dudado de los contenidos literales de la Biblia o hasta del Cristianismo en sí, es muy difícil sino imposible que esa decisión haya implicado olvidar u obviar la estructura cultural general de su época y la tradición intelectual británica en particular. Al sostener el mejoramiento progresivo y natural de las facultades para que cumplan de mejor manera su finalidad, el piadoso naturalista reafirma la línea general propuesta por Locke más de ciento sesenta años antes respecto a la razón-medio providencial.

En cuanto a la oposición ortodoxa al Evolucionismo, las pruebas que se fueron encontrando a favor de dicha teoría hicieron que “el clero inglés y norteamericano de criterio abierto”, la apoyaran y buscaran una conciliación con aquella a partir de un “designio” divino en la evolución. Aunque no cesaron del todo los ataques clericales, el devoto Darwin sería enterrado en la Abadía de Westminster, al lado de otro gran científico creyente: Isaac Newton (White, 1972).[4]

En Gran Bretaña los argumentos naturalistas no fueron opiniones excéntricas o aisladas. Muy por el contrario. Eran aseveraciones académicas obvias que hundían sus raíces en el siglo XVII en el gran prestigio filosófico de Locke y de sus continuadores. Este pensador puritano inglés había separado a las personas del resto de los animales, basándose en que los individuos racionales poseían una facultad de discernimiento. Sin embargo, al referirse a una simple capacidad de distinguir por los sentidos y apoyar su argumento en el instinto, en la práctica borró las diferencias entre humanos y bestias brutas. Ese fue el fundamento de la que se puede llamar una tradición naturalista británica.[5]

En dicho ambiente académico y sociocultural, escribe Karl Polanyi, no llamó la atención la constatación del real imperio de la ley natural —el hambre y la lucha por saciarla— en el gobierno y la economía. Es más, su eficacia en el manejo de las masas dejaba de manifiesto su conveniencia. Ni siquiera pareció extraña la conclusión de que los individuos en efecto eran bestias. Esta animalización de los humanos no tenía una connotación negativa, simplemente se reconocía el influjo que ejercía su propia naturaleza en ellos mismos. Aunque, en el caso de esa gran mayoría que eran los asalariados y los pobres, sí se pudiera dar un doble juego: ser un término peyorativo y a la vez uno indicativo de la conveniencia de que la chusma fuera dirigida y controlada por sabias disposiciones morales emocionales (no por su depravada, limitada o primitiva racionalidad).[6]

Luego, las bases religiosas se mezclarán con argumentos seculares derivados de aquellas. Sin embargo, eso no implicó que las explicaciones derechamente piadosas no se mantuvieran a firme. Este último es el caso del clérigo Robert Malthus, un hombre en el umbral de los siglos XVIII y XIX, y de Fréderic Bastiat. En concordancia con “la lucha por la existencia” como medio providencial para despertar la laboriosidad de la cual habla el pastor inglés, el economista liberal francés dirá que la “competencia” es una ley por la cual “la Providencia ha confiado el progreso de los destinos humanos” (Schnerb, 1982).

Por su parte, el devoto luterano e idealista alemán G. W. F. Hegel —crítico de Kant en cuestiones de filosofía/teología—, expondría el modo en que avanza la historia europea hacia estados más altos de desarrollo: la confrontación de una “tesis” con una “antítesis”, que da por resultado una “síntesis” superior. Con posterioridad otro alemán, el ateo Karl Marx, elaboró su mecanismo histórico-natural de progreso en base a la “lucha de clases”, por la cual la historia material se dirigía naturalmente hacia otro tipo de estado superior: el comunismo. El progresismo en base al conflicto, también se encuentra en Gran Bretaña en Darwin, quien como se ha visto aplicó dicho principio para explicar el mejoramiento de las especies animales a través de la “lucha por la existencia”: “el objeto más excelso que somos capaces de concebir, es decir, la producción de los animales superiores, resulta directamente de la guerra de la naturaleza, del hambre y de la muerte” (Darwin, 1983: 604).

Como puede constatarse, Darwin en un representante arquetípico de la tradición heredera de la piedad europea de la Reforma Protestante y de la Ilustración. Esa Modernidad sigue vigente y mantiene sus fundamentos religiosos a firme… por más que se los ignore o se los haya disfrazado.

 

Notas:

[1] Ese también fue el caso de la pseudocientífica Frenología, la cual tuvo menos vida que la Economía... por más que ambas se sostengan en presupuestos fantasiosos y/o tendenciosos.

[2] Oposición que alcanzó hasta respetables personajes del mundo científico, como el “ortodoxo cristiano” William Thomson, Lord Kelvin, quien “demostró, para su satisfacción, que sobre las bases de las leyes físicas conocidas el Sol no podía tener más de quinientos millones de años, por lo que la escala de tiempo requerida por la evolución geológica y biológica de la Tierra era imposible” (Hobsbawm, 2010: 264).

[3] Esta religiosidad racional no se ve afectada cuando Darwin dice en su Autobiografía que no cree “que el sentimiento religioso haya estado nunca muy desarrollado en mí” (Benítez, 1999). El racionalismo es parte central del proyecto religioso puritano británico; lo cual se corrobora en el propio Locke y su rechazo al “entusiasmo” (fe sin prueba) o en cualquier filósofo natural o moral puritano y su convencimiento de su deber de probar racional y empíricamente la existencia y soberanía de Dios.

[4] La religiosidad de Darwin tiene hoy su correlato en Francis Collins, director del Proyecto Genoma Humano, quien defiende la existencia de un creador y considera que el mecanismo de la evolución es parte del plan divino y al ADN la manera Cómo habla Dios a la humanidad. No deja de ser llamativo que —¡todavía a estas alturas!— Collins, al igual que en su momento Darwin, esté empeñado en defender la teoría de la evolución frente a quienes en Estados Unidos leen literalmente el Génesis.

[5] Todavía en Antropología desde enfoques ecológicos, materialistas y neoevolutivos —que ignoran y/o minimizan el libre albedrío y cuyos teóricos principales son anglosajones—, la “cultura” es considerada un rasgo adaptativo. Habría aparecido en la humanidad dentro del proceso de selección natural de la evolución y por ende sería homologable a cualquier rasgo adaptativo, biológico e instintivo de otros animales o plantas (Rappaport, 1993. Bohannan y Glazer, 1993).

[6] A la fecha existe una corriente científica biologicista —principalmente anglosajona—, que fundamentándose en la experimentación postula bases emocionales para los juicios morales (Miller, 2008. Haidt, 2007). Incluso en Francia, Alain Peyrefitte, anglófilo egresado de la (neo)liberal Escuela Nacional de Administración y miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas de Francia, utiliza el término “etología” para afirmar que el desarrollo económico (al modo liberal moderno) es fruto de una “necesidad interior”, de un instinto.

 

(Este texto es una adaptación de parte del capítulo “Racionalismo providencial puritano de John Locke: Del entendimiento corrupto al ascetismo materialista y la teocracia utilitaria”, extraído del libro Reforma e Ilustración. Los teólogos que construyeron la Modernidad. Editorial Ayun, Santiago. 2012).



13/01/2017 12:35 andrés monares #. sin tema

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